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¿Qué es el fascismo y cómo combatirlo?
Escrito por Alejandro Iturbe   
Martes 30 de Septiembre de 2008 00:00

En las últimas décadas se ha generalizado una tendencia en la izquierda mundial de definir como "fascista" a todo movimiento, gobierno o política reaccionaria de derecha o que impulse una política represiva contra el movimiento de masas. De esta forma, se caracterizan cono "fascistas" desde el gobierno de Bush y su política hasta numerosos movimientos, organizaciones y gobiernos en todo el mundo.

Esta generalización abusiva, iniciada por el estalinismo durante el período en que surgió el fascismo europeo (las décadas de 1920 y 1930), impide comprender y estudiar las verdaderas características de estos procesos y, por lo tanto, proponer las políticas y métodos adecuados para luchar contra ellos.

Pero lo más grave es que quienes utilizan de modo generalizado la definición de "fascista" no aplican las lecciones históricas sobre cómo los trabajadores y las masas deberían combatir al verdadero fascismo. De esta forma, sus propuestas políticas confunden doblemente al movimiento de masas.

Actualmente, ese debate se desarrolla alrededor de la discusión sobre las características del movimiento político impulsado por la burguesía de la Media Luna en Bolivia y cómo enfrentarlo. Para mejor abordar este tema específico, nos parece oportuno refrescar algunas definiciones de León Trotsky quien, ante la confusión creada por el estalinismo, fue el que más seriamente estudió el fenómeno del fascismo y realizó las propuestas más acertadas de cómo derrotarlo, especialmente en la serie de artículos escritos a lo largo de la década de 1930, reunidos en la obra "La lucha contra el fascismo en Alemania".

Algunas definiciones de Trotsky

Veamos las cuestiones centrales desarrolladas por el revolucionario ruso en estos artículos:

a)      Él define al fascismo como un movimiento político impulsado y al servicio de los sectores más concentrados del capital financiero y monopólico, que recluta a la pequeña burguesía desesperada y pauperizada por la crisis, a franjas obreras desclasadas por la desocupación y a elementos lúmpenes, para atacar y derrotar al movimiento obrero y de masas con métodos de guerra civil.

b)     Las organizaciones fascistas son, inicialmente, marginales o pequeñas. Pero rápidamente pueden adquirir un peso de masas debido a que el aumento de la desesperación de esos sectores sociales los impulsa hacia la derecha, en la medida en que la perspectiva de la revolución socialista no se concreta y, por lo tanto, la clase obrera se debilita como alternativa de dirección para ofrecer una salida a la crisis y a la decadencia. En este sentido, Trotsky señala, en 1930, que "si el partido comunista es el partido de la esperanza revolucionaria, el fascismo, en tanto que movimiento de masas, es el partido de la desesperanza contrarrevolucionaria".

La lucha por la pequeño-burguesía

Por eso, la política que propone Trotsky para combatir al fascismo se concentra en dos cuestiones principales. La primera es que esa batalla era, en gran medida, una lucha para que el movimiento obrero ganase para su campo a la pequeño burguesía o sectores importantes de ella. En épocas de crisis y de procesos revolucionarios, este complejo sector social, incapaz de ser el sujeto de una salida política propia, oscila entre la clase obrera y la burguesía, entre girar a la izquierda o a la derecha.

Si la clase trabajadora aparece como un claro polo independiente y ofrece una posibilidad cierta de revolución socialista, ganará para esa perspectiva a importantes sectores pequeño burgueses. Aquí entra a jugar un factor fundamental: la existencia de una dirección revolucionaria (o una alternativa de dirección) que impulse esta política.

Por el contario, si la clase obrera no ofrece una clara alternativa y la perspectiva de la revolución socialista se diluye y se demora, el fascismo gana sectores crecientes y se fortalece cada vez más. En otras palabras, el crecimiento de las organizaciones fascistas es inversamente proporcional a la fuerza de atracción de la clase obrera y sus organizaciones.

Por eso, él criticó duramente la política de impulsar los gobiernos de "frente popular"  (que se dieron, por ejemplo, en Francia y España) que el estalinismo comienza a impulsar en 1934. Es decir, gobiernos burgueses integrados por las organizaciones y los partidos obreros junto con sectores no fascistas de la burguesía. Trotsky calificó al frente popular como "la penúltima tentativa de la burguesía para frenar la revolución, antes del fascismo".

Alertaba que, lejos de ayudar a derrotar al fascismo, excusa utilizada por el estalinismo y la socialdemocracia para integrarlos, los frentes populares, por su política de conciliación de clases y de enchalecar la movilización obrera para que no superase los límites del régimen burgués, sólo ayudarían a su triunfo, como ocurrió en España, en 1939.     

El planteaba que, más allá de la posibilidad de realizar acciones unitarias puntuales con sectores burgueses para combatir al fascismo, la única política revolucionaria para los partidos y las organizaciones obreras era la de no depositar ninguna confianza ni dar ningún apoyo a estos gobiernos. Se debía mantener la más absoluta independencia y autonomía política tanto para combatir al fascismo, como al conjunto de la burguesía y al propio gobierno. Cualquier forma de apoyo a esos gobiernos, incluidas aquellas indirectas o vergonzantes, llevarían, como vimos, a la derrota de la clase obrera y abrirían el camino del triunfo del fascismo.                 

La necesidad de combatir al fascismo en las calles   

El segundo aspecto central de su propuesta se resume en una frase contundente: "Con el fascismo no se discute, al fascismo se lo combate". Expresaba así que, frente a movimientos de este tipo, no se podía actuar de la misma forma que ante otras corrientes, disputando su influencia entre los trabajadores y las masas a través de la actividad política tradicional ("Con el fascismo no se discute").

Para él, el centro de la acción de los trabajadores debía estar en la lucha física, el combate militar con las bandas fascistas ("al fascismo se lo combate"). Para ello, proponía la formación de grupos de autodefensa y milicias obreras, capaces, primero, de defender los barrios, los sindicatos, las huelgas y las movilizaciones obreras contra los ataques fascistas. En la medida que se fueran obteniendo triunfos parciales en estos combates, esto reforzaría la confianza y la determinación de los trabajadores e iría desmoralizando a las bases fascistas, permitiendo así pasar a una ofensiva más generalizada para destruir esas organizaciones.

Muy relacionado con lo anterior, está su propuesta de formar un frente único de las organizaciones obreras (centralmente de comunistas y socialdemócrata, los dos grandes partidos obreros de Europa, en esa época). Este frente tenía como objetivo dar una respuesta conjunta de la clase a los ataques fascistas. Al mismo tiempo, buscaba impulsar las luchas unificadas contra los ataques económicos de la burguesía (caída del salario por la inflación, desocupación, etc.), en la perspectiva de que estas luchas fuesen ser el preámbulo de la lucha más estratégica por la revolución socialista.

Algunas lecciones para la Bolivia actual

Con este marco teórico-político, abordemos, ahora, la situación boliviana. Es necesario incorporar un elemento: Bolivia no es un país imperialista sino una semicolonia muy pobre. Es decir, no se trata de un movimiento impulsado directamente por la burguesía monopolista más concentrada (la imperialista) sino por una burguesía profundamente dependiente. Recordemos que Trotsky, al comparar las formas que adoptaban los regímenes políticos en Latinoamérica y los de los países imperialistas, en la década de 1930, siempre destacó esta diferencia y utilizó denominaciones distintas para expresarla: bonapartismo sui generis, semifascismo, etc.

Independientemente de estas consideraciones teóricas, es evidente que el proyecto político de la burguesía de la Media Luna ha desarrollado fuertes rasgos fascistas, En primer lugar, es la respuesta del sector más fuerte de la burguesía del país a un proceso revolucionario que no ha sido derrotado pero que, a la vez, no avanza hacia una revolución obrera socialista. En segundo lugar, coexiste con un gobierno de frente popular al que se considera "enemigo", sin que ello le impida aprovechar su política conciliadora y de enchalecar la movilización de las masas para avanzar y fortalecerse. Al mismo tiempo, su ideología es claramente racista y de desprecio hacia los "indios".

Lo central, sin embargo es que, habiendo logrado el poder departamental, esta burguesía impulsa y se apoya en organizaciones que, como la Unión Juvenil Cruceña, ganan sectores de la pequeño burguesía para atacar al movimiento de masas con métodos de guerra civil. No sólo a los trabajadores y a los sectores urbanos pobres sino, especialmente, al campesinado.

Es muy difícil precisar si estos "destacamentos de choque" ya tienen peso de masas o si aún son organizaciones de una vanguardia numerosa y activa. Pero la experiencia histórica muestra que, si el oponente no los enfrenta con total decisión, crecen muy rápidamente.

Por eso, al mismo tiempo que avanzamos en la elaboración teórico-política para precisar su caracterización, es imprescindible retomar las propuestas políticas de Trotsky para combatir al fascismo.

En primer lugar, que al fascismo no se lo discute sino que se lo combate en la lucha física y en el enfrentamiento militar. Esa es la única forma real para derrotarlo. En segundo lugar, que la política de conciliación de clases propuesta por los frentes populares sólo lleva al fortalecimiento y al triunfo del fascismo. Por lo tanto, apoyar a esos gobiernos burgueses, con la excusa de "combatir unidos al fascismo", termina siendo un camino hacia la derrota. Sólo una acción y organización independiente de la clase obrera puede enfrentarlo. En tercer lugar, es necesario que la clase obrera avance en la perspectiva de la revolución socialista para ser un polo claro de referencia para la pequeño-burguesía, cada vez más seducida por el fascismo, y así ganarla o, por lo menos, dividirla.


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