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La “guerra de divisas” la sufrirán los trabajadores y los pueblos
Escrito por LIT-CI   
Martes 16 de Noviembre de 2010 01:15
La reciente reunión de los gobiernos integrantes del G-20 (los principales países imperialistas junto con los llamados “países emergentes”), realizada en Seúl, Corea del Sur acabó en un fracaso anunciado. 

Los amables modos diplomáticos y las fotos sonrientes no pudieron ocultar la imposibilidad de hallar acuerdos que evitasen la “guerra de divisas” o “guerra comercial” iniciada por la política que comienza a aplicar el gobierno de Obama. Expresando con claridad este fracaso, el presidente chino Hu Jintao declaró con ironía: “No nos pusimos de acuerdo ni siquiera en el horario en que debían comenzar las reuniones”.

La “guerra de divisas” se inició, antes de la reunión, con el anuncio de la Federal Reserve, la Fed (banco central de EEUU) que emitirá 600.000 millones de dólares, en los próximos 8 meses, para comprar bonos del Tesoro de su propio país, y su política de devaluar la cotización internacional del dólar frente a las otras monedas, una medida que afectará a los otros países imperialistas y también a los llamados “países emergentes”, especialmente los exportadores.

Sobre la dinámica de la cotización del dólar, señalemos que, bastó el anuncio de las medidas de la Fed para que el dólar se devaluase un 10% en los mercados internacionales y su cotización seguirá cayendo a medida que la Fed vaya emitiendo esos 600.000 millones de  dólares. 

Exportar la crisis
 
Para entender el significado de esta política del gobierno de Obama, y su profundo impacto en la economía mundial, es necesario ver también el contexto en que ella se da dentro de EEUU, caracterizado por la combinación de dos elementos.

El primero es que la economía estadounidense, a pesar de los gigantescos paquetes de ayuda estatal a los bancos y a las empresas, no levanta vuelo: hubo una frágil recuperación en el primer trimestre de 2010 (+3,7% del PIB), pero que ya comenzó a frenarse en el segundo y el tercero, en los que el crecimiento del PIB se ubicó por debajo del 2%, cifra que no alcanza siquiera a evitar el aumento de la desocupación. Importantes economistas burgueses, como Krugman y Roubini, hablan de la perspectiva de una nueva recesión o, en el mejor de los casos, de un “crecimiento anémico” hasta finales de 2011.

El segundo elemento es la derrota del gobierno de Obama y del Partido Demócrata en las recientes elecciones legislativas en las que perdieron su mayoría en la Cámara de Diputados. Todos los analistas coinciden en que la causa central de esta derrota fue la insatisfacción popular con la marcha de la economía del país y la persistente desocupación. Debilitado, y obligado a cogobernar con un parlamento opositor, a partir del año próximo, el gobierno de Obama apeló a la Fed para aplicar políticas de inyección monetaria y de devaluación cambiaria en un intento por salir del atolladero.

Obama aprovecha el carácter de imperialismo hegemónico y de emisor de la moneda de aceptación internacional (el dólar) que mantiene EEUU, buscando insuflar aire en la economía del país: devaluar el dólar favorecerá las exportaciones y disminuirá las importaciones. En este sentido, el presidente estadounidense declaró que su objetivo es “duplicar las exportaciones en los próximos años”.

Pero al hacerlo, también “exporta la crisis hacia el resto del mundo: el imperialismo estadounidense ha lanzado una ofensiva “comercial” para resolver su crisis a costa de los otros imperialismos (como los europeos y Japón), a los países semicoloniales y también a sus propios trabajadores.
 
En este sentido, la política de emitir dólares y devaluar su moneda, enrarece aún más un sistema monetario internacional ya muy frágil e inestable y puede tener un efecto económico y político altamente explosivo, en el marco de una crisis económica internacional que está lejos de haberse acabado.

Es importante destacar que la política de Obama no tiene como objetivo la “defensa de los intereses del pueblo estadounidense” sino sólo los de su burguesía. Su gobierno ya venía desarrollando un fuerte ataque a la clase obrera estadounidense y su nivel de vida, expresado en una desocupación del 10%, en la reducción de planteles de las empresas, en la caída de los salarios y beneficios (muchas empresas, como la GM, han exigido a sus trabajadores la aceptación de una reducción salarial a la mitad) y en un aumento de los porcentajes de pobreza a niveles nunca vistos desde hace décadas. Agreguemos que la devaluación del dólar puede también generar un proceso inflacionario interno.

Además también aumentará la política ya en curso de recortes presupuestarios a los servicios como la salud y la educación públicas, como lo expresa la siguiente noticia: “Los líderes de la comisión presidencial bipartidaria establecida por Barack Obama para reducir el déficit fiscal propusieron una serie de medidas de austeridad tan draconianas que, si son instrumentadas, podrían conducir a una explosión social parecida a las que se vieron recientemente en París y Londres” (Clarín, 11/11/2010).

Malas noticias para la UE

Las medidas de la Fed representan “malas noticias” para las burguesías imperialistas europeas, especialmente la de los países integrantes de la “eurozona”. Estas burguesías ya tenían graves problemas: un crecimiento económico aún más anémico que el de EEUU; imposibilidad de tener una política monetaria flexible por la contradicción de usar una moneda común (el euro) pero sin unificación de los países; una crisis fiscal en varios países como resultado de la ayuda para evitar la quiebra de los bancos, la necesidad de efectuar durísimos ataques a los trabajadores para salir de esa crisis fiscal. Al mismo tiempo, enfrentan fuertes luchas en respuesta, lo que desgasta a casi todos sus gobiernos. Una situación que, de conjunto, pone en riesgo la propia existencia del euro, resultado de una construcción de más de 50 años de las burguesías europeas.  

En ese marco, apostaban a que la devaluación del euro frente al dólar del año pasado les permitiera exportar más y comenzar a salir del pantano. Especialmente en el caso de Alemania, la economía más fuerte del continente y la segunda exportadora mundial que, a inicios de este año, tuvo una mejora en sus exportaciones industriales alemanas que permitió un cierto crecimiento de la economía del país y ayudó a empujar un poco el débil crecimiento del resto de la UE. Una parte importante de las exportaciones alemanas van hacia EEUU.

Ahora, con la devaluación del dólar y el aumento de la cotización del euro, esa puerta comenzó a cerrarse y sus consecuencias ya se sienten: en setiembre pasado, la producción industrial alemana cayó 0,8%.

La devaluación del dólar significa también que las burguesías europeas deberán redoblar sus ataques contra sus trabajadores, por la necesidad mucho mayor de rebajar los salarios y endurecer aún más las condiciones laborales para reducir costos y mantener la “competitividad” internacional frente a EEUU.

Pero estos ataques se darán en un momento en que los trabajadores europeos ya están luchando, en varios países, contra los planes de ajuste y reducción de los presupuestos estatales que aplican sus gobiernos. Lo que abre la posibilidad de que esa lucha se incremente aún más.

Es lógico, entonces, que el ministro de Economía alemán, Rainer Brüderle, expresase su “inquietud” ante las medidas de la Fed. Otro miembro del gobierno de Ángela Merkel declaró que “van a crear el efecto de un tsunami sobre la economía mundial”. Mientras que el presidente del Eurogrupo y primer ministro de Luxemburgo, Jean-Claude Juncker, sostuvo que una devaluación del dólar “representa grandes riesgos” y agregó que había que “evitar comportamientos nacionales, más inspirados en reflejos egoístas que en las necesidades de la comunidad internacional”.    

Las medidas de la Fed también afectarán a Japón, cuya economía, luego de años de estancamiento, primero, y caída en lo peor de la actual crisis, tuvo una débil recuperación a finales del 2009 e inicios del 2010, basada en las exportaciones a EEUU. Cabe señalar que el gobierno japonés fue el primero, antes del propio EEUU, en lanzar medidas proteccionistas, a través de la devaluación del yen.

En otras palabras, las principales burguesías imperialistas se dividen sobre cómo enfrentar la crisis y, en el “sálvese quién pueda”, la peor parte la llevarán las burguesías europeas y japonesa.

Presión sobre China

Un aspecto importante de la política de EEUU es la presión hacia China para que rompa el sistema de paridad fija entre el dólar y el yuan, férreamente controlada por el gobierno chino, y pase a un sistema de cotización flotante del yuan, sujeto a los vaivenes del mercado.

Actualmente, con el sistema de paridad fija, si el dólar se devalúa, el gobierno chino devalúa el yuan en la misma proporción por lo que el efecto en el comercio entre ambos países es nulo. Por el contrario, si el yuan pasase a tener una cotización libre, la gran acumulación de divisas que realiza anualmente China por el saldo favorable de su balanza comercial llevaría a una suba del precio del yuan frente al dólar. Esto encarecería el precio internacional de sus productos industriales, algo que, además, se sumaría al alza de costos internos como resultado de los aumentos salariales que están consiguiendo, con sus huelgas, los trabajadores de importantes fábricas en el país. De conjunto, el proceso perjudicaría sus exportaciones que ya vienen sufriendo una dinámica negativa como efecto de la crisis económica internacional. Por eso, hasta ahora, el gobierno chino se niega a quebrar la paridad cambiaria fija.

En este contexto, Obama acaba de realizar un viaje a la India. El principal objetivo del viaje era acordar la posibilidad de un rol geopolítico regional privilegiado para este país en detrimento de Pakistán, sumergido cada vez más en la extensión de la guerra de Afganistán. Pero, al mismo tiempo, realizó diversos acuerdos económicos que representan una velada amenaza de trasladar las inversiones estadounidenses hacia la India si China no modifica su política cambiaria.

¿Otro Bretton Woods?
 
Frente a la perspectiva de guerra cambiaria, sus graves consecuencias en un sistema monetario internacional frágil e inestable y los altos riesgos que implica para la economía y la política internacionales, varios sectores burgueses han comenzado a hablar de la necesidad de un nuevo Bretton Woods.

Este acuerdo internacional, firmado en 1943, construyó, por primera vez en la historia, un sistema financiero internacional, basado en el dólar como moneda mundial, con una determinada paridad convertible entre el dólar y el oro. Funcionó hasta 1971, cuando fue roto unilateralmente por el gobierno de Richard Nixon, y fue una de las bases del llamado “boom económico de posguerra”.

Por ejemplo, en un artículo publicado por el Financial Times, Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial, propuso crear un nuevo sistema monetario mundial basado en una canasta de monedas (el dólar, el euro, el yen, la libra y el yuan chino) que tome como referencia el patrón oro para las paridades entre esas monedas.

Sin embargo, esta propuesta, aparentemente “racional” frente a la actual “anarquía” monetaria internacional, es hoy absolutamente inaplicable. El acuerdo de Bretton Woods fue impulsado, en 1943, por la burguesía imperialista estadounidense, quien aprovechó su incontestable hegemonía económico-político-militar en el mundo para poner ese sistema al servicio de sus intereses. Pero ahora, esa misma burguesía está en contra de reconstruir un acuerdo de ese tipo porque así puede aprovechar las brechas de un sistema monetario más “libre”. Con EEUU y su burguesía en contra, no hay ninguna posibilidad de construir otro Bretton Woods o algún acuerdo similar.

Un falso antiimperialismo

Por lo que ya hemos expuesto, el gobierno chino fue a la reunión del G-20 a defender su sistema cambiario y a criticar la devaluación del dólar. Recibió el apoyo de otros países emergentes, como Brasil y Argentina, cuyas exportaciones, y sus economías de conjunto, también se verán perjudicadas por la devaluación del dólar. Los gobiernos de la UE, por un lado, criticaron la emisión de dólares y su devaluación, pero también se sumaron a las presiones sobre China para liberar la cotización del yuan.    

En algunos medios brasileños y latinoamericanos, la posición del gobierno de Lula ha sido presentada como “antiimperialista”. Nada más falso. Lo que los gobiernos de los “países emergentes” pretenden es mantener las migajas de la economía internacional que les permite su actual rol en la desigual división internacional del trabajo, es decir fuertes exportadores de commodities.

Por eso, frente al inicio de una nueva y brutal ofensiva del imperialismo, se limitan a pedir “coordinación” y “consenso”, sin ningún enfrentamiento real y profundo con el imperialismo. No es casual que Lula haya declarado que, en última instancia, había que “respetar” la decisión del gobierno de EEUU (Folha de São Paulo, 12/11/2010).   

En los países semicoloniales como Brasil, una verdadera política antiimperialista comenzaría por medidas muy sencillas como el férreo control del ingreso de capitales especulativos y la suspensión del pago de las deudas externa e interna y la ruptura con los organismos financieros internacionales

Medidas que, un paso más adelante, deberían ser acompañadas por el establecimiento del monopolio estatal de la banca y el comercio exterior para acabar con la fuga de divisas y la especulación financiera; la expropiación de los grandes monopolios y así terminar con el saqueo de los recursos nacionales que realiza el imperialismo. Y ninguna de esas medidas está en el programa de Lula ni de sus socios.
 
Por una salida obrera a la crisis

La cumbre del G-20 acabó en un inevitable fracaso: ningún acuerdo de “buena voluntad” puede existir porque EEUU, el imperialismo hegemónico, está en contra. La política impulsada por el gobierno de Obama agregará más leña al fuego de la inestabilidad económica y política internacional, en su búsqueda de sacar adelante la economía estadounidense.

Pero cualesquiera sean las políticas que adopten los gobiernos, las burguesías de todos los países seguirán intentando descargar su costo sobre los trabajadores, a través de la desocupación, las rebajas salariales y de condiciones laborales, la inflación y el aumento de la pobreza.

La crisis económica, y las políticas de las burguesías y gobiernos para salir de ella, exacerban el hecho de que bajo el capitalismo sólo podemos esperar más inestabilidad, crisis y anarquía, y un deterioro constante del nivel de vida de las masas, ya que para sobrevivir amenaza con arrastrar la Humanidad a la catástrofe. Por eso, es necesaria una profunda lucha de los trabajadores y los pueblos.

En primer lugar, luchar contra las consecuencias concretas de la crisis económica y las políticas adoptadas por los gobiernos burgueses, como la rebaja salarial, los recortes presupuestarios en salud y educación pública, los ataques a los inmigrantes, etc.

Pero esas batallas inmediatas e imprescindibles, necesitan darse en el marco de la lucha por un cambio de fondo, la revolución obrera y socialista que termine con el capitalismo, un sistema cada vez más irracional e inhumano. En esa perspectiva, la lucha de los trabajadores y la juventud de Francia y otros países nos muestran el camino. 

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